Era una magnífica tarde de verano cuando Marcel salió de casa para hacer las compras. Va cantando porque el sol hace un rato menguó, permitiendo a las personas andar sin sofocarse bajo sus rayos tan intensos. Sus vecinos lo saludan, le preguntan por Marieta, su madre, y galante responde que Mary está muy bien, que siempre pregunta por ellos, y los despide con un “hasta luego” cordial.
Ya en la feria continúa intercambiando cumplidos con vecinos y vendedores, mientras se pierde entre verduras de incomprobable frescor y manjares de toda índole. Pero su atención termina concentrándose en un puesto oscuro y maltrecho en el que un viejo desdentado no ofrecía más que la cabeza de un cabrito. Parecía arrancada con las manos y puesta en el mostrador con la única intención de asustar. A pesar del espectáculo, el carácter curioso de Marcel le obliga a detenerse allí.
- Buenas tardes, señor -dice el puestero amablemente- ¿Tiene interés por la pieza?
El carnicero, de aspecto enfermizo, sigue moviendo la mandíbula incluso cuando no está hablando. Antes de que Marcel respondiera, el hombre agacha la cabeza y busca unos papeles para abanicar la terrible cabeza. Marcel nota que los ojos del caprino no fueron arrancados; para su creencia, el animal aún conserva el alma. Oferta con dos monedas de cinco centavos, el viejo enseguida toma una bolsa y mete el producto en ella. Con el movimiento, se desprendió un olor nauseabundo que colmó el aire, causándole arcadas al comprador. Pero antes de tomar el paquete, nota una torcedura en los finos labios del cadáver, una suerte de sonrisa que le liberaba de toda compasión posible. Aterrado, Marcel se larga del puesto corriendo. Grita, empuja a todo aquel que se le cruza por delante y a los pocos metros cae de cara al suelo. Hay risas entre los presentes, pronto un tufillo de sentencia troca al mote de ladrón. Las últimas voces vinieron desde atrás, en donde aún no podía verse lo que estaba pasando. <<Groin, Groin>>, escucha Marcel; voltea antes de advertir que se trataba del viejo puestero, quien ofendido por su espanto había empezado a correrlo mientras emulaba a un cerdo, y ahora blandía un puñal oxidado sobre su cabeza. << ¡Le falta un ojo!>>, advierte Marcel con horror. Luego tiembla hasta perder la noción de sí.
Al cabo de una hora el cielo oscurece y los feriantes comienzan a abandonar los puestos. Es entonces cuando llega Marieta, preguntando a la gente por su hijo. << Hola, señorita… -titubea sin atreverse a levantar la mirada- ¿Ha visto a Marcel?>>, mas nadie le responde, al contrario, todo el mundo la intenta evadir. Así la anciana llega al único puesto que queda. Detrás del mostrador, la oscuridad se rompe con el parco rostro del tendero.
- Buenas noches, señora ¿Le interesa alguna pieza? Dos cabezas de cabrito a diez centavos…
Como ella no responde de inmediato, el viejo hace un ademán con las manos para enseñar la mercancía. Marieta pone una moneda entre las dos cabezas y espera pacientemente a que el viejo las envuelva. Se saludan, se dan las bendiciones y la mujer emprende el retorno.
- ¡Ay, Marcel, hijo!
¡Me reconociste! Perdóname, madre, no te enojes conmigo, ¡fui secuestrado!
- “Meh, meh”, … -baló Marcel desde el paquete, mientras el paso de su madre lo sacudía de un lado a otro.
Aún no se percataba de haber perdido también la voz, por lo que tampoco se sintió tan desdichado como su compañero. Cuando llegan reconoce el ruido del portón y los jadeos de los pastores que venían al trote, entusiasmados por la carne. La mujer mete mano en la bolsa y un dedo se cuela por la nariz de Marcel, << ¡Meh!>>. Toma la otra pieza y la tira a los perros, pero estos la rechazan y escoltan el paso de su ama hasta la puerta.
<< Estoy sobre la mesa, no lo dudo –piensa Marcel- ¡Mi casa, al fin!>> Antes de que llegaran las moscas, la madre pone su cabeza en un frasco lleno de formol y ahí se queda el resto de la semana escuchándola cantar la misma melodía una vez tras otra:
“Al puerto, se van los barcos,
sonriendo va el capitán,
le esperan del otro lado
las honras del Gran Sultán”
El sábado parten hacia el centro del pueblo. Marcel no está al tanto de que pronto comenzará a acostumbrarse a ser lo que es, va a llevarle mucho dolor, pero al fin entenderá cómo son las cosas para alguien como él. Después de un momento de incertidumbre, se estremece al advertir que las personas entregaban monedas para oírlo cantar. Marieta le pide que cante <<Al puerto, se van…>>, le repetía, arengando con el tono de voz que adoptaba cuando él era un niño y tenía que regañarlo. Después de mucho tiempo, Marcel siente ganas de llorar. <<Vamos, cabrito… ¡Te digo que cantes!>>, ordena furiosa. Aterrado, lo intenta. Pero resulta pronunciando un sonido repugnante ahogado en formol. El público grita de espanto, da un salto hacia atrás, aplaude y muchos de ellos vuelven a pagar los diez centavos. << ¡Canta, cabrito!>>, dice Marieta con voz trémula. << ¡Moh!>> Su pudor languidece, está perdido.
Todos los sábados tenía que cantar. Al principio estuvo muy angustiado, luego llegó un momento en el que se sintió capaz de pronunciar “Gran Sultán”, o “puerto”, pero fue inútil. Lo único posible era escrutar minuciosamente cada rostro. Así comprende lo que es el miedo, la risa, el dinero... Siente repulsión de haber sido un hombre alguna vez.
Con el correr de los meses todo el mundo había visto al engendro, y llegaron a aburrirse de él. Acabados, madre e hijo no precisan decir nada para lamentar que alguna vez Marcel fue un hombre; corriente, pequeño, hombre al fin. No hacían más que contar los días. No precisaron más conclusiones.
Una noche Marcel despierta por un repentino sacudón y se sorprende al sentir el viento otra vez, luego el pasto. La madre se había dado por vencida, acabó por desechar al hijo que tanto amó. Marcel llora unos segundos en el patio, se consuela al comprobar que sus cálculos fueron correctos; a su antiguo compañero del puesto, los gusanos le comieron los ojos y su carne está poniéndose color verde; << ¿Quién habrá sido capaz de cometer tal atropello?>>, se pregunta.
Amanece con la frustración de no haber muerto. Abre la boca para maldecir, sorpresivamente el forcejeo de los labios lo hace rodar y una extraña esperanza cobra fuerzas en él. <<¡ Meh, meh!>>, celebra. Más se aleja, más sonríe, fantasea un porvenir antes insospechado. Fue uno con el hedor y la muerte, siempre conservando el par de ojos.

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