Reptil cobrizo inferno

 


 


 

Reptan sobre las vísceras, comen restos y no recuerdo bien si cagan. Amarillentos, cubiertos de moco ¿De dónde llegan? Esta carne ha dejado de pertenecerme.

Crean que no me siento tan mal. Cerré los ojos para siempre, ya no me revuelco entre los vivos. Sin querer me convertiré en otra larva, sospecho que falta muy poco. Hay personas que me lloran y pretenden ser salvadas. Abren los ojos, miran al cielo y murmuran mi nombre. Con pena, con temor… ¡Dicen mi nombre, carajo! Nunca los he oído, simplemente lo sé. Nada más. Me molestaría si alguna voz cruzara el cielo y al fin llegara a mis oídos. Pero muerto, sé que sigo bajo tierra. Un pozo. La basura intenta desvanecer dentro del pozo. Un escondite, un mal pasar por pasar. Aquí sólo llegan un par de piedras. Pero no me voy, aunque mi cuerpo se vaya, no me voy.

Presioné el tornillo sobre los labios amarillentos de mamá. Piel seca, piel muerta. Como cayos y arena. Como sed en el desierto. Mi madre, mujer santa. Cuando brotó por fin la sangre, me sentí enfermo, muy enfermo. Transpiré, casi termino desparramado en el suelo. Miedo. Tenía los párpados negros. Mi puño. Un vestido blanco, las manos a los costados. Perfección.

Volvieron mis labios a succionar. Pecho blanco, marchito. La extraño. De pronto ya no veo más

¿Qué mirada tendré al morir? esta pregunta, que hasta entonces me acusaba, comenzó a cantar la melodía. Llevado por sus notas, caminé… recuerdo haber transitado la noche y el humo. El pedo blanco. Llegó la luz del día, reconocida por el solcito que abrazó mi piel. Lo sabía, ya antes pasé por él.

Los funerales ¿qué dirán todos ellos? Recuerdo las pericias, todo el asunto de la investigación, pero no lo percibí.

¿De dónde llegan esos gusanos que me quieren tragar?

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