Suicidio
Desde un costado, aunque eso está por verse. Mirada hacia el frente, la espalda de otro. Un grito cruzaba la calle, los muros, el aire. La fuerza lo hacía extenderse. Cruzó los brazos antes de caer. Todo, fuera de él, era lo mismo que un precipicio. Un paso más y acabaría con su vida o lo que fuera. Un arma, todo puede ser un arma en el momento adecuado. Los sujetos que lo marcaron habían muerto. Recordó el cajón verde. Las cartas manchadas de tiempo le dejaban un te amo pasajero, perpetuo en el silencio que lo rondaría en su lecho de muerte. La risa boba de un desconocido irrumpió el momento. Era la mosca en la rosa, la mierda en la mirada. Diferentes puntos de vista.
Cayó en el silencio del tiempo. Estrellas sobre el cielo adornaban el ridículo deseo de volver a nacer. Mientras el cuerpo comenzaba a perderse en un mar de olvido. Ya no estaba. Ahora la muerte. Los sapos tragando bichos que culean en la luz de faroles viejos. La luz había muerto también. Una ceguera inmensa se apoderaba del cuerpo y aniquilaba los recuerdos. Después de muerto, increiblemente seguía percibiendo algunas cosas. Todo le parecía poco, absurdo. Esperaba encontrarse con personajes del pasado. Nada. La risa continuaría dando vueltas alrededor del mundo, pero él ya no podría sufrirla nunca más. El amor también se había vuelto simple. Todo. Quiso alegrarse; ya no tendría miedo. Tampoco alegrías; nada.
Allí aguardaría cualquier cosa. Los brazos rosados, no eran suyos, perpetuos a los costados de un torso hinchado y apestoso. El perfume también sería lo de menos. Los ojos blancos, una mueca de horror. La carne manoseada por la policía que busca testigos. Se acerca un joven inexperto y relata cómo el tipo saltó frente al tren. Aparecen cabezas y culos curiosos. Alguien vomita. La cabeza del suicida voló como nunca antes. El cuerpo jamás había estado en un avión. Todo continuará, sin él, igual que antes. Nada cambia al parecer.

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