Pibe Cañete

 

Ahí lo tienen a Cañete, esperando el bondi que lo pueda llevar a casa. Viene con su chica, una rubia esquelética, más fea que otra cosa, portadora, sin embargo, de un par de nalgas exquisitas. Cañete, por su parte, es tan corriente que ni valdría la pena describirlo.
Suben al segundo, no les gusta viajar parados. Hay plata en el bolsillo del pibe, por eso pueden reír toda la tarde y después sentarse a comer mirando la televisión. Nada les molesta. La eyaculación precoz del macho es solo un recuerdo que parece nublarse cuando tienen plata en el bolsillo. La piba muerde el paty, clava los ojitos marrones sobre la pantalla del televisor y cada tanto dice alguna boludez. La vida simple, pasa rápido. Cañete cuenta, le quedan dos mil mangos. Suficiente para tomarse todo el lunes sin laburar ¿Habrá un nuevo transeúnte con casi seis lucas en el bolsillo cada sábado? El comprende que la mano viene dura, por eso afana cada vez más seguido, a pesar de los amentos que su madre larga previamente a cada atraco. Es un hombre, o por lo menos se siente hombre cuando afana y le sale bien. “Los únicos que caen en cana son los giles”, piensa; cree haber podido amaestrar al mundo de la ley.
La piba está embobada con un rubio que aparece cantando. Lindo pibe al que Cañete mira con bronca. “¿Será que a este gato le anda bien el bicho?” Envidia fálica, como cualquier hombre con algún bardo en su funcionamiento sexual. El hígado es menos trágico, socialmente trágico, quiero decir. se prende un pucho, al toque se baja dos vasos de coca y le dice a la piba que ya está, que tiene que dejarse de joder. Ella obedece y va a meterse a la cama, igual que un perro castigado.
Cañete se mira al espejo. No sabe lo putrefacto que está “¿Seré puto?”, pregunta al espejo. Medita.

En medio de la noche, la empieza a empujar. Ella no tiene ganas, no le gusta coger con él, mucho menos cuando la reta. Se niega, le dice que tiene sueño. Al día siguiente piensa en volver con su mamá. Hasta ahora había aguantado, porque el padre era un hijo de puta, pero esto era demasiado. Cañete insiste y la llama “puta” unas cuantas veces. Le tira plata sobre la almohada, luego prende la luz “¿Esto querés, mogólica?” El llanto, justo lo que más le enfurece al jovencito. Al último que vio llorar, le metió un tiro en la cara. Lo peor, según él, fue que lo mató por doscientos mangos.
La piba intenta cruzar la puerta. Vestirse le costó más que nunca gracias a los empujones de Cañete. De acá no te vas, forra”. Cañete cumple y le pega un tiro por la espalda. La piba cae, su madre comenzará a rezar por su alma y a pedir justicia en las calles.

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