A escasos metros, ella, devaneo. Una lucecita reptaba por sus ojos para encandilarme, por eso trato de ignorar la cara, nunca es bueno quien se hace amar. Ahora no tiene más que los músculos vitales. La cadencia enredada entre alongadas piernas, las contracciones, cada suspensión del andar. Con velocidad desprolija una línea recta se hace con su efigie en pocos segundos. Hasta entonces, el sol me había sido inane, pero me clava su uña en la mirada para que la deje ir. Así que preferí voltear; además era muy tarde, no había dormido en la víspera, como cada noche propia de la ansiedad. El aire fresco me pone sobrio y puedo pensar mejor. Atribulado, decido que lo más sensato era refugiarme al pie de un árbol. Camino hasta una calle angosta, con adoquines, en la que habían plantado robles y tilos. Tirado sobre un calchón de hojas, entornados los ojos, ensueño. Por un instante olvidaré que soy mortal para concentrarme en lo enfermo que estoy. Tan sólo cuento con la radical fuerza de mi oscuridad, quien fue pariendo estos temblores.
Algo de ardor en mi sangre herrumbra percepciones. Fluir. Muerde su propia lengua para erizarse la piel. Lo único que recuerdo son sus pasos, la conjetura de no volverla a ver. Un muro entre los dos, inquebrantable. Pido que murmure, lo hace. Reconstruyo fragmentos de su desnudez mediante el inconcluso de la voz. Con una de mis garras intento cruzar al cuarto imposible. Rechazado, una patada eléctrica. Me llega el reflejo de mi cuerpo enroscándose. Ovalo compacto. Los huesos ejercen presión, cortan la piel, sangro líneas. Un pez globo. <<Lo mío es otra cosa… un amor incontrolable, tal vez, fiebre o rencor ¡Cuánta vileza!>>
Bastaría con rodar hasta que nadie pudiera encontrarme. Una especie de fuga. La rabia denostando el mito del canino muerto. Penetro la piel tan blanca hasta fundirme con su luz.

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