Nunca puse un título en mi vida

Fue su boca mi primer ardid, planeado sin consentimiento, el beso que nos dimos todavía me alcanza

Basta para animarme, tras el manto infame, a desatar mis picardías,

como un ladrón, como alguien perdido.

incapaz de ver las cosas como tienden a ser,

un niño con las manos sucias, la mueca de quien sólo se sabe triunfador tras bambalinas. Con las miradas golpeándolo de frente, traga toda esa historia que en algún momento intentará comérselo también

¿A quiénes vamos a mirar entonces?

 

Lo que no sale de las vísceras, lo que se calma, lo que puede esperar

de a poco se vuelve distante.

¿Cómo volver de esa vez primera

en que soñamos con matar?

¿Cómo arrancarme esos placeres

sin taparlos con un vicio nuevo?

 

Puede que los pájaros busquen las aguas, puede que dios tenga un espejo

mientras recreo un infierno perfecto,

para soñarlo y nada más.

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